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EnfoquesCómo las prácticas contemplativas entrenan la flexibilidad
Meditar dentro de una terapia tiene un propósito preciso: ampliar el repertorio de respuestas ante lo que duele. Revisamos qué entrenan ACT, DBT y CFT, y qué respalda la evidencia disponible.
Cuando alguien escucha que en terapia se practica meditación, suele imaginar una escena de calma: una postura correcta, la respiración pausada y la mente en silencio. El uso clínico de las prácticas contemplativas apunta a algo más concreto y bastante más exigente. Se trata de entrenar la capacidad de sostener la experiencia tal como llega y de seguir eligiendo hacia dónde caminar mientras esa experiencia está ocurriendo. Esa capacidad tiene nombre propio en la literatura, flexibilidad psicológica, y ocupa el centro de las llamadas terapias de tercera generación.
Qué distingue a las terapias de tercera generación
La psicoterapia conductual suele describirse en tres oleadas. La primera trabajó con los principios del condicionamiento y produjo la exposición y el manejo de contingencias. La segunda sumó el contenido del pensamiento y dio origen a la reestructuración cognitiva. La tercera conserva ese acervo y añade un giro de foco: atiende a la función que cumple un pensamiento o una emoción en el contexto concreto de la vida de una persona, más que a su literalidad.
Bajo ese paraguas conviven la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), la Terapia Dialéctico Conductual (DBT), la Terapia Centrada en la Compasión (CFT), la Terapia Cognitiva Basada en Mindfulness (MBCT) y la Psicoterapia Analítica Funcional. Comparten una apuesta común: cuando cambia la relación que una persona tiene con sus contenidos internos, cambia también el margen de maniobra que tiene para actuar. Las prácticas contemplativas entran justo ahí, como método de entrenamiento de esa relación.
La flexibilidad psicológica como eje del entrenamiento
El modelo de ACT organiza la flexibilidad psicológica en seis procesos que se sostienen entre sí: aceptación, defusión cognitiva, contacto con el momento presente, el yo como contexto, clarificación de valores y acción comprometida. Los tres primeros describen apertura a la experiencia; los siguientes, la perspectiva desde la que se observa y la dirección hacia la que se avanza. Una práctica contemplativa toca los seis, aunque cada ejercicio enfatice uno en particular.
Conviene precisar el propósito. Sentarse a observar la respiración durante diez minutos rinde poco como fin en sí mismo. Rinde bastante como ensayo repetido de una habilidad que después se usa en la sala de espera del médico, en una discusión de pareja o en el minuto previo a una presentación. La sesión de práctica es el laboratorio, y la vida cotidiana es el terreno donde se mide el aprendizaje.
Qué se entrena cuando se practica
Detrás de la palabra mindfulness hay un conjunto de habilidades diferenciables, y cada protocolo las combina a su manera. Nombrarlas por separado ayuda a entender qué se está pidiendo cuando un terapeuta propone un ejercicio y qué cabe esperar de la práctica sostenida en el tiempo.
- Contacto con el presente: registrar lo que ocurre mientras ocurre, con la sensación corporal y la respiración como ancla.
- Observación del pensamiento: reconocer una idea como un evento mental que aparece y pasa, lo que devuelve libertad para responder.
- Apertura a la emoción: dar espacio a lo que llega el tiempo suficiente para que la reacción automática ceda paso a una decisión.
- Perspectiva de sí: distinguir entre quien observa y lo observado, un lugar estable desde donde mirar el propio malestar.
- Orientación a valores: recuperar la dirección elegida cuando la conversación interna se vuelve ruidosa.
- Tono afectivo amable: cultivar una actitud de cuidado hacia la propia experiencia, en especial frente al error y a la dificultad.
La secuencia de la imagen que acompaña este texto lo ilustra bien: la maraña sigue ahí al comienzo, se va soltando con la práctica y termina en una línea que avanza. El punto está en el recorrido, gradual y entrenable, más que en la llegada a un estado final de serenidad.
Cómo aparece en ACT, DBT y CFT
En ACT el entrenamiento contemplativo se reparte entre los ejercicios de aceptación, que invitan a hacer lugar a una sensación difícil, y los de defusión, que ponen distancia entre la persona y la literalidad de sus pensamientos. El trabajo con valores cierra el circuito y le da sentido al esfuerzo: uno sostiene la incomodidad porque hay algo que importa al otro lado.
En DBT las habilidades de mindfulness forman el primer módulo y funcionan como base de los otros tres, porque regular emociones intensas o tolerar el malestar exige primero poder observar lo que está pasando. El análisis de componentes de Linehan y su equipo mostró que las condiciones que incluían entrenamiento en habilidades lograron mejores resultados en autolesiones y en síntomas del ánimo que la terapia individual sola.
En CFT el eje es el cultivo deliberado de la compasión hacia uno mismo y hacia otros, con respiración rítmica calmante, imaginería y trabajo con el tono de la voz interna. Gilbert propone que ese entrenamiento activa un sistema de regulación afectiva ligado a la calma y la afiliación, especialmente útil cuando predominan la vergüenza y la autocrítica severa.
Qué respalda la evidencia disponible
La revisión de metaanálisis de Gloster y colaboradores reunió lo acumulado sobre ACT y concluyó que el modelo muestra eficacia en un rango amplio de problemas, con resultados superiores a las condiciones control inactivas y equivalentes a tratamientos ya establecidos en buena parte de las comparaciones. Los mismos autores señalan margen de mejora metodológica en los ensayos disponibles, una señal de madurez del campo antes que un reparo menor.
Para las intervenciones basadas en mindfulness, el metaanálisis de Goldberg y su equipo integró 142 muestras y 12.005 participantes. Los resultados fueron superiores a las condiciones de lista de espera, tratamiento mínimo y control no específico, y equivalentes a tratamientos con respaldo empírico previo. La evidencia resultó más consistente en depresión, dolor, tabaquismo y conductas adictivas. En prevención de recaída depresiva, el metaanálisis con datos individuales de Kuyken y colaboradores reunió nueve ensayos y 1.258 pacientes: la MBCT redujo el riesgo de recaída a 60 semanas frente al tratamiento habitual, con un hazard ratio de 0,69, y también frente a tratamientos activos, con 0,79.
En Chile, Langer y su equipo evaluaron un programa breve de ocho sesiones de 45 minutos en un liceo, con 88 adolescentes asignados al azar. El grupo que practicó mostró una reducción significativa de ansiedad, depresión y sintomatología general respecto del grupo control. Los cambios se concentraron en el periodo inmediato al programa, lo que apunta a la práctica sostenida como parte del tratamiento más que como un complemento opcional.
Cómo se incorpora con criterio clínico
Una práctica contemplativa con fines clínicos se planifica. El terapeuta elige el ejercicio según el caso, ajusta la duración, acompaña la primera vez y revisa después qué apareció. Ese acompañamiento importa: la observación atenta puede traer a primer plano material que estaba en segundo, y ahí el encuadre profesional marca la diferencia entre una experiencia útil y una que abruma.
En personas con historia de trauma la adaptación es la regla. Las prácticas se acortan, se hacen con los ojos abiertos, se anclan en el cuerpo y en el entorno, y se dosifican según lo que la persona pueda sostener ese día. El criterio clínico decide el ritmo, y el consultante conserva siempre la opción de detenerse y retomar cuando lo estime.
Preguntas frecuentes
¿Qué son las terapias de tercera generación?
Son modelos de psicoterapia conductual que trabajan sobre la relación de la persona con sus pensamientos y emociones, y sobre el contexto en que estos aparecen. Incluyen ACT, DBT, CFT y MBCT, entre otras. Puedes revisar los enfoques con que trabajamos en nuestro centro.
¿Sirven las prácticas contemplativas para la ansiedad?
La evidencia disponible respalda su uso como parte de un tratamiento estructurado, con resultados superiores a las condiciones control inactivas y comparables a otros tratamientos establecidos. Operan cambiando la relación con la ansiedad: la persona aprende a registrarla, sostenerla y seguir actuando según lo que valora. La indicación concreta la define siempre una evaluación profesional.
¿Cuánto dura un proceso de terapia de tercera generación?
Depende del motivo de consulta y de los objetivos acordados. Muchos protocolos de ACT y de mindfulness se estructuran en torno a ocho o doce sesiones, mientras que DBT estándar contempla alrededor de un año de trabajo. La frecuencia se conversa en la primera sesión, y las modalidades y valores están publicados en precios.
Las prácticas contemplativas aportan un método de entrenamiento con respaldo creciente, y rinden mejor cuando se integran a un proceso psicoterapéutico con objetivos claros. Si estás considerando iniciar un proceso o tienes dudas sobre qué enfoque se ajusta a tu situación, en Mentis Viva trabajamos desde ACT, DBT, EMDR y CFT, y una primera conversación suele bastar para orientar la decisión.
Fuentes
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- Gilbert, P. (2014). The origins and nature of compassion focused therapy. British Journal of Clinical Psychology, 53(1), 6-41. https://doi.org/10.1111/bjc.12043 Ver fuente
- Langer, Á. I., Schmidt, C., Aguilar-Parra, J. M., Cid, C., & Magni, A. (2017). Mindfulness y promoción de la salud mental en adolescentes: Efectos de una intervención en el contexto educativo. Revista Médica de Chile, 145(4), 476-482. https://doi.org/10.4067/S0034-98872017000400008 Ver fuente
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