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Infancia

El bullying como experiencia relacional sostenida

Más que un episodio puntual, el acoso escolar se sostiene en una trama de vínculos. Qué muestra la evidencia sobre su impacto y qué aportan las terapias contextuales al acompañamiento.

· 7 min de lectura · Equipo Mentis Viva

El bullying como experiencia relacional sostenida
Portada: Mentis Viva

Cuando una familia llega a consulta por bullying, suele traer una escena concreta: un apodo que se repite, un grupo de WhatsApp, un recreo en el que alguien queda solo. Esa escena importa y, al mismo tiempo, cuenta apenas una parte de lo que ocurre. Lo que sostiene el daño se despliega a lo largo del tiempo y dentro de una red de vínculos, donde cada persona ocupa un lugar y ese lugar tiene consecuencias.

Una experiencia relacional sostenida en el tiempo

La investigación coincide en tres rasgos que definen el acoso escolar: la intención de dañar, la repetición en el tiempo y un desequilibrio claro de poder entre quien agrede y quien recibe la agresión (Gaffney, Ttofi y Farrington, 2021). Esa combinación explica por qué el bullying opera de manera distinta a una pelea entre pares con fuerzas parejas: la persona afectada queda con pocos recursos disponibles para responder y la experiencia se vuelve previsible, casi rutinaria.

La repetición es justamente la que deja huella. Un episodio aislado duele y suele procesarse con el tiempo; una experiencia que vuelve semana tras semana va moldeando algo más profundo, que toca la identidad, el sentido de pertenencia y la forma en que la persona se percibe a sí misma. De ahí surgen frases que en consulta escuchamos seguido: algo debe pasar conmigo, soy el raro del curso, mejor me quedo callado.

El grupo que observa también participa

El acoso escolar ocurre casi siempre ante testigos. La investigación sobre roles participantes describe posiciones reconocibles dentro del curso: quien agrede, quien asiste, quien refuerza con risas o con atención, quien permanece al margen, quien defiende y quien recibe la agresión (Salmivalli, 2010). Esa mirada cambia la pregunta que guía la intervención: en lugar de buscar a un niño problemático, conviene observar qué sostiene la conducta dentro del grupo.

Cuando el curso entrega estatus o entretención a quien agrede, la conducta se vuelve rentable y tiende a repetirse. Cuando el curso responde de otra manera, con incomodidad visible o acompañando a quien está siendo afectado, la ecuación cambia por completo. Por eso los programas con mejores resultados trabajan con el grupo entero y con la comunidad escolar, además de atender a los dos protagonistas más visibles.

Publicación de Mentis Viva en Instagram sobre el bullying como experiencia relacional
Publicación original en Instagram, 18 de febrero de 2026.

Impacto emocional y aprendizajes asociados

Las consecuencias están bien documentadas. Un estudio prospectivo que siguió a 1.420 personas desde la infancia hasta la adultez temprana encontró que quienes fueron víctimas presentaban mayor riesgo de trastornos de ansiedad en la vida adulta, y que el grupo que agredía y era agredido a la vez mostraba el riesgo más alto, con mayor presencia de depresión, pánico e ideación suicida (Copeland, Wolke, Angold y Costello, 2013).

Las revisiones posteriores refuerzan ese hallazgo: el efecto del acoso se mantiene aun cuando se controlan dificultades previas de salud mental y factores familiares, y puede seguir presente muchos años después de que la situación termina (Arseneault, 2018). De ahí se desprende una consecuencia práctica que conviene subrayar: detener el acoso resuelve la exposición, y el acompañamiento psicológico sigue siendo pertinente después, porque los aprendizajes emocionales quedan instalados.

Entre esos aprendizajes, en consulta suelen aparecer algunos patrones reconocibles:

  • Hipervigilancia social: leer cada gesto ajeno como una amenaza posible.
  • Evitación: dejar de participar en clases, faltar al colegio o soltar actividades que antes daban gusto.
  • Autocrítica severa: explicar lo ocurrido como una falla propia y personal.
  • Silencio protector: guardar la experiencia para cuidar a la familia o para resguardarse de represalias.
  • Desconfianza anticipada: poner a prueba a quienes se acercan con buena intención.

Qué muestran los datos en Chile

En Chile la tendencia merece atención. Un análisis de las encuestas censales aplicadas a estudiantes de segundo medio mostró que la victimización frecuente, entendida como agresiones al menos un par de veces al mes, pasó del 11% en 2012 al 19% en 2022, con un alza exacerbada por la pandemia, siendo las agresiones verbales y sociales las más prevalentes y las que más crecieron (Ugarte e Izquierdo, 2024).

El mismo trabajo observa algo muy coherente con la mirada relacional: el aumento de la victimización aparece junto a un deterioro del clima escolar, con menor participación estudiantil, menos sentido de pertenencia y más temor dentro de los establecimientos. El contexto donde ocurre el acoso también cambia, y ese contexto es parte del problema y, a la vez, parte de la solución.

Lo que aportan las terapias contextuales

Desde los enfoques contextuales, el trabajo con un niño o adolescente afectado se organiza en dos planos que avanzan en paralelo. El primero apunta a la seguridad real: activar los protocolos del colegio, coordinar con la familia y con el equipo de convivencia escolar, y asegurar que la exposición se detenga. El segundo atiende la huella que quedó, que suele persistir incluso cuando el ambiente ya está resguardado.

La terapia de aceptación y compromiso ofrece un camino claro para ese segundo plano: hacer espacio a las emociones difíciles que aparecen al volver a la sala, tomar distancia de los pensamientos que se presentan como verdades literales y recuperar acciones valiosas, como retomar un deporte o sostener una amistad. La terapia focalizada en la compasión suma un componente específico, al entrenar un tono interno más amable apoyado en la comprensión evolutiva de los sistemas de amenaza, logro y calma que regulan nuestras emociones (Gilbert, 2014).

Ese énfasis cuenta con respaldo empírico. En una muestra de adolescentes, la autocompasión medió parcialmente la relación entre victimización y desajuste psicológico, lo que sugiere que la forma en que alguien se trata a sí mismo tras la experiencia influye en cómo la atraviesa (Játiva y Cerezo, 2014). Trabajar ese trato interno resulta especialmente pertinente cuando la persona incorporó la voz del grupo como voz propia.

Cómo acompañar desde la casa y la escuela

Para las familias, el primer movimiento útil consiste en escuchar completo antes de resolver. Preguntar qué pasó, cuándo, con quiénes y qué necesitaría en este momento, sosteniendo la calma incluso cuando la rabia propia aparece con fuerza. Validar la experiencia con frases simples, del tipo tiene sentido que te sientas así, mantiene abierta la puerta para que el relato continúe en los días siguientes.

Con el colegio conviene documentar: fechas, hechos, personas presentes y gestiones realizadas. Los establecimientos chilenos cuentan con reglamento interno y protocolos de convivencia escolar, y activarlos por escrito facilita el seguimiento. Los programas evaluados que combinan trabajo de escuela, aula, docentes y familias reducen la victimización cerca de un 15% a 16% y la agresión cerca de un 18% a 20%, lo que confirma que el esfuerzo coordinado rinde.

También vale la pena conversar con quienes observan. Muchos estudiantes quieren intervenir y les faltan herramientas concretas para hacerlo con seguridad. Nombrar la incomodidad, acompañar en el recreo a quien está siendo afectado, avisar a un adulto de confianza: gestos pequeños que modifican el guion del grupo.

Preguntas frecuentes

¿Cómo distinguir el bullying de un conflicto entre compañeros?

Un conflicto ocurre entre personas con fuerzas parejas, aparece de forma puntual y suele resolverse. El bullying reúne tres elementos distintos: intención de dañar, repetición en el tiempo y desequilibrio de poder. Cuando esos tres se combinan, corresponde activar los protocolos de convivencia escolar y buscar apoyo especializado.

¿Qué hago si mi hijo me cuenta que sufre bullying?

Escuchar completo, validar lo que siente y agradecerle la confianza. Luego registrar por escrito fechas, hechos y personas involucradas, y solicitar una reunión formal con el colegio para activar el protocolo. En paralelo, conviene evaluar acompañamiento psicológico: el equipo del centro trabaja con niños, adolescentes y familias.

¿Cuándo conviene consultar a un psicólogo por bullying?

Cuando aparecen cambios sostenidos por más de dos o tres semanas: dificultades para dormir, rechazo a ir al colegio, retraimiento, irritabilidad, bajas en el rendimiento o comentarios muy duros sobre sí mismo. Las modalidades y valores están publicados en precios.

El bullying se comprende mejor cuando se mira la trama completa y se acompaña a cada una de sus partes. Si en tu familia o en tu comunidad escolar hay una situación así, conversarla con un equipo especializado ayuda a ordenar los pasos. En Mentis Viva trabajamos desde enfoques contextuales con niños, adolescentes y sus familias.

Fuentes

  1. Gaffney, H., Ttofi, M. M., & Farrington, D. P. (2021). Effectiveness of school-based programs to reduce bullying perpetration and victimization: An updated systematic review and meta-analysis. Campbell Systematic Reviews, 17(2), e1143. https://doi.org/10.1002/cl2.1143 Ver fuente
  2. Salmivalli, C. (2010). Bullying and the peer group: A review. Aggression and Violent Behavior, 15(2), 112-120. https://doi.org/10.1016/j.avb.2009.08.007 Ver fuente
  3. Título completo: Copeland, W. E., Wolke, D., Angold, A., & Costello, E. J. (2013). Adult psychiatric and suicide outcomes of bullying and being bullied by peers in childhood and adolescence. JAMA Psychiatry, 70(4), 419-426. https://doi.org/10.1001/jamapsychiatry.2013.504 (la cita omitía "and suicide") Ver fuente
  4. Arseneault, L. (2018). Annual Research Review: The persistent and pervasive impact of being bullied in childhood and adolescence: implications for policy and practice. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 59(4), 405-421. https://doi.org/10.1111/jcpp.12841 Ver fuente
  5. Ugarte, G., & Izquierdo, S. (2024). Bullying y clima escolar en la última década en Chile. Puntos de Referencia N° 715. Santiago: Centro de Estudios Públicos. Ver fuente
  6. Gilbert, P. (2014). The origins and nature of compassion focused therapy. British Journal of Clinical Psychology, 53(1), 6-41. https://doi.org/10.1111/bjc.12043 Ver fuente
  7. Játiva, R., & Cerezo, M. A. (2014). The mediating role of self-compassion in the relationship between victimization and psychological maladjustment in a sample of adolescents. Child Abuse & Neglect, 38(7), 1180-1190. https://doi.org/10.1016/j.chiabu.2014.04.005 Ver fuente

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